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La mentira disfrazada de libertad

La frase “yo soy mi propio dios” no es nueva. Es la versión moderna del “seréis como dioses” del Génesis. Suena poderosa, parece una afirmación de autonomía, pero es profundamente destructiva. No porque limite un poder real que tengamos, sino porque eleva el ego a un trono que no puede sostener.

Ser mi propio dios significa que ya no respondo a nadie, que no hay verdad fuera de mí, que el bien y el mal se pliegan a mis deseos. Es una forma sofisticada de idolatría: no se adora a otro, se adora al yo. Pero el yo es inestable. Cambia con el hambre, con el miedo, con la aprobación ajena. ¿Cómo puede ser mi dios algo tan volátil?

Esta mentalidad fabrica una libertad sin dirección. Me libero de todo, pero no me comprometo con nada. Me entrego a mi propia voluntad, pero no soy capaz de guiarla con sabiduría. Así me convierto no en dios, sino en esclavo: de mis impulsos, de mis pasiones, de mis justificaciones.

Si cada quien tiene “su verdad”, entonces nadie tiene verdad. El relativismo no nos hace tolerantes, nos hace indiferentes. Cuando la verdad se convierte en preferencia, el diálogo muere, la justicia se diluye, y el amor se trivializa. No se puede amar de verdad sin verdad.

El hombre que se proclama dios no se libera del sufrimiento, solo lo vuelve absurdo. No encuentra sentido, solo lo reemplaza por distracción. No redime su culpa, solo la anestesia con ideología o placer. Pero en la noche, cuando ya no hay pantallas, ni ruido, ni aplausos, el alma no se deja engañar.

La paradoja es esta: al renunciar a Dios para ser “libre”, renuncio también a lo que da sentido al bien, al sacrificio, al perdón. Me convierto en mi propio juez, pero sin ley verdadera que me sostenga. Me prometen empoderamiento, pero lo que recibo es soledad.

Quien de verdad quiere libertad, necesita verdad. Y la verdad no se fabrica; se descubre. Y cuando se descubre, exige humildad: reconocer que yo no soy el centro, que no soy autosuficiente, que necesito redención. Esa es la libertad que sana: la que nace cuando el yo deja de fingir que es dios, y empieza a buscar algo más alto que sí mismo.

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