Si aceptamos que el ser humano fue creado por Dios y que fue dotado con la razón, la conciencia y la capacidad de amar, entonces también tenemos que aceptar que el ser humano tiene la capacidad de practicar la virtud. Pero capacidad no es lo mismo que disposición natural. Tener los recursos no significa que los utilicemos.
Naturalmente estamos más inclinados hacia la satisfacción inmediata de los placeres. Es más fácil dejarse llevar por el deseo sexual que practicar la templanza. Es más fácil actuar con ira que con paciencia. El hecho de que tengamos la capacidad para resistir estas pasiones no significa que estemos inclinados a hacerlo por naturaleza.
Si fuéramos inherentemente buenos —como sostenían los estoicos— no habría tanta necesidad de disciplina, entrenamiento o vigilancia moral. El simple hecho de que practicar la virtud implique lucha es evidencia de que no somos naturalmente virtuosos, sino naturalmente conflictivos: divididos entre la razón y el deseo.
Esto no niega nuestra dignidad ni nuestra conexión con Dios. El hecho de que Dios haya dejado una chispa de su naturaleza en nosotros no significa que su esencia gobierne nuestras acciones. No podemos decir que Dios está dentro de nosotros de forma activa si al mismo tiempo reconocemos que somos capaces de hacer el mal. Si hay maldad en el ser humano, es porque existe la libertad, y si existe la libertad, entonces somos responsables de alinear nuestra voluntad con la naturaleza divina.
Entonces, la virtud no se alcanza por naturaleza, sino por práctica. No somos buenos simplemente por existir, sino cuando decidimos vivir conforme a la razón, cuando usamos conscientemente los recursos que Dios nos ha dado. La inclinación al placer no niega la posibilidad del bien, pero sí nos muestra que el camino hacia la virtud es una elección, no un instinto.
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